
Lo primero, según una nutricionista; lo segundo, según un clínico. Esos son solo dos comentarios de varios, en consultas de lo más rutinarias, y que podrían haber sido un trámite rápido y sin pelotudeces en tropos. Si voy a una nutricionista, no espero que me pregunte qué partes de mi cuerpo no me agradan, ni tener que mostrarle mis m2 de celulitis para que me diga “tenés curvas” y “seguí yendo al gimnasio” después de no decir una palabra sobre la celulitis (que verificó porque pensaba que yo era una exagerada con trastornos de percepción corporal) y poner a prueba el tono muscular de mi orto. El clínico, más simpático. No sé si halagador, aburrido, chistoso. Lo último que me dijo antes de que me levantara de la silla fue “tenés colores”. Y yo, que tengo algo de hipocondríaca, pensé en alguna enfermedad de la piel. En el trabajo, después de unas cuadras de caminata, me acordé de mi tanga con elástico de líneas de colores, el pantalón de tiro bajo y que estuve sentada dándole la espalda mientras me escuchaba los pulmones. En fin, tengo curvas, colores y muchas cosas más que espero futuros médicos no noten, o hagan como que no las ven.