sábado, junio 30, 2012


Por algún motivo te avergüenza vomitar en público, aun cuando sea medio atrás, al costado del auto, en ese canal que se forma entre la calle y la vereda, de donde todo se iría tarde o temprano con un poco de agua de lluvia, de riego o de limpieza a la mañana temprano. Entonces formás un recipiente con tus manos flacas (estabas flaca en esa época), y vomitás ahí, sin que se rebalse, como si hubieras sabido de antemano que todo el contenido de tu estómago entraba ahí, en ese huequito de manos frías de adolescente. Y si te ahorraste la vergüenza de lanzar el vómito en una de las calles del centro de Bahía Blanca, no tenés manera de sacarte el olor de las manos. Lo sentís aun después de habértelas lavado con jabón en el baño de tía Chola, el mismo donde, con mejor suerte (¿en un viaje anterior o posterior a este?), sentiste pasar por tu garganta los ñoquis del almuerzo, uno a uno, de camino al inodoro, duritos, enteros. Qué ciudad horrible Bahía Blanca.  

viernes, junio 29, 2012

repeticiones

Esperás que algo o alguien tire del centro de tu cabeza, de un hilo invisible, y te saque de la cama sin levantar las sábanas ni las frazadas, como a una marioneta. Pero no. A pesar de que todos los días lo pensás, después del buen rato que tardás en estar más o menos despierta para tomar la decisión de salir de la cama. Y después seguís con la rutina práctica. La ropa, la radio, los dientes, el agua, el mate, la comida de las gatas gordas, una tostada - si hay pan -, la computadora, los diarios, el mail, el facebook, el servicio meteorológico. Y más tarde, según los requerimientos del día, la ropa, la botella de agua, la comida para el trabajo, el abrigo, la comida para las gatas gordas.
Las dos cuadras y media a la panadería te resultaron una travesía. Sentís el frío en los brazos y recordás que decidiste no llevar manga larga. 
Lo que compraste para comer, con algo de hambre pero no demasiado - más para que la hora se pase más rápido que para otra cosa -, como de costumbre, te decepciona un poco.   
La percepción del paso del tiempo te ocupa ahora. La tuya, no la de la voz masculina de algunos tangos de Le Pera, tema que analizaste para un trabajo práctico de un seminario, de forma muy elemental. Contás en hambre, en frío, en sueño, en malas suertes, en páginas, en series de gimnasio, en materias, en por hacer, hasta que se hace la hora.